Mientras el Gobierno celebra el orden fiscal, millones de familias enfrentan aumentos en servicios esenciales, transporte, alquileres, colegios y salud privada. El kirchnerismo vuelve a poner en discusión una idea central: sin Estado que cuide ingresos, no hay estabilidad posible para la vida real.
Julio arranca con una nueva presión sobre los hogares argentinos. Transporte público, alquileres, luz, gas, agua, peajes, colegios privados y medicina prepaga llegan con aumentos que vuelven a mostrar el costado más duro del programa económico de Javier Milei: el equilibrio fiscal se construye, una vez más, sobre el bolsillo de trabajadores, jubilados y sectores medios.
La foto económica es clara. El Gobierno nacional insiste en presentar el ajuste como una señal de orden, pero en la vida cotidiana ese “orden” se traduce en cuentas que suben, salarios que pierden capacidad de compra y familias que deben recortar consumos básicos para llegar a fin de mes. La motosierra no queda en los despachos: baja a la mesa, al colectivo, a la boleta de luz y a la farmacia.
Desde una mirada kirchnerista, el problema no es solamente el aumento de tarifas, sino el modelo de país que hay detrás. Cuando el Estado se retira, los precios esenciales quedan librados a una lógica de mercado que no siempre contempla la realidad social. La energía, el transporte, la salud y la educación no son lujos: son condiciones mínimas para vivir, trabajar, estudiar y producir.
El contraste con la tradición política del peronismo y del kirchnerismo es evidente. Durante los gobiernos que priorizaron el mercado interno, la política tarifaria fue pensada como una herramienta para sostener ingresos, consumo y actividad económica. No se trataba de negar costos, sino de entender que una economía funciona mejor cuando la gente puede pagar sus servicios, moverse para trabajar, estudiar y sostener su vida cotidiana.
La política económica de Milei, en cambio, parece mirar los números antes que a las personas. Puede mostrar planillas ordenadas, pero deja una pregunta cada vez más incómoda: ¿de qué sirve el superávit si una familia no puede pagar la luz, el alquiler o el colectivo?
El bolsillo popular vuelve a ser el territorio donde se mide la verdadera economía. Y ahí, lejos de los discursos oficiales, el ajuste muestra su límite: sin salarios fuertes, sin Estado presente y sin protección para los sectores medios y trabajadores, no hay desarrollo posible. Hay enfriamiento, concentración y una sociedad cada vez más exigida.
















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