En el cierre de un evento libertario, el Presidente descargó por anticipado la culpa de un eventual fracaso electoral sobre la ciudadanía, ratificó que no aflojará el ajuste aunque se lo pidan, trató de «orcos» a la oposición y volvió a disparar contra el periodismo. Puertas afuera del hotel, la industria, los salarios y el consumo cuentan otra película.
Javier Milei encontró la fórmula perfecta para no hacerse cargo de nada: si el año que viene pierde las elecciones, la responsabilidad no será suya ni de su plan económico, sino del pueblo que lo votó. «Si no ganamos, es porque como sociedad estamos decidiendo suicidarnos», lanzó este miércoles al cerrar el encuentro «Vientos de Cambio», organizado por la Fundación Libertad y Progreso en el Hotel Sheraton de Retiro. La frase, envuelta en tono de mística, es en realidad una advertencia: el que no acompañe el ajuste carga con la sentencia.
El Presidente hasta se permitió una autocrítica inédita en él —»si nosotros no mostramos resultados, se hace difícil acompañar»—, pero enseguida volvió a su terreno: cerró la puerta a cualquier corrección de rumbo. «Piden que flexibilicemos nuestra política monetaria y fiscal, y la respuesta es no», sostuvo, y remató con su latiguillo: «El equilibrio fiscal no se negocia». Es decir, aun reconociendo que a la gente le cuesta llegar a fin de mes, la receta será exactamente la misma.
El ajuste blindado, pase lo que pase
Milei fue explícito: sabe que le piden aire de cara a las urnas y no lo va a dar. Repasó su libreta de logros —recordó que al asumir el déficit del Tesoro equivalía a cinco puntos del PBI, le atribuyó parte del mérito a Luis Caputo y se jactó de no haber recurrido a un corralito ni a un Plan Bonex— y enumeró su agenda pendiente: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, el paquete «Inocencia Fiscal II» y la defensa de la reforma laboral que resisten sindicatos y buena parte del entramado productivo.
Para el que dude, tiene preparada una proyección de ciencia ficción: «Si logramos la reelección y logramos dejar a los orcos detrás, vamos a empezar a crecer a tasas del 7 u 8% por año y en 30 años nos vamos a convertir en una de las grandes potencias del mundo». El futuro de potencia queda siempre a tres décadas de distancia; el ajuste, en cambio, es acá y ahora.
Desprecio como programa
El discurso dejó en claro cómo entiende Milei la democracia. A quienes no piensan como él los llamó «orcos». Al principal espacio opositor lo bautizó «el maldito kirchnerismo» mientras celebraba los resultados de las legislativas. Al resto de las alternativas las despachó como «el modelo decadente», con una comparación futbolera y despectiva: dijo que esta vez no será «como el capítulo de Los Simpson» donde los dos candidatos son, bajo la máscara, el mismo.
Tampoco faltó el ataque a la prensa, un clásico de sus apariciones: acusó a periodistas y medios de apostar por el fracaso del país. Y hasta se dio el lujo de ironizar con el peronismo: «¿Se imaginan lo que estarían diciendo si estos logros en materia social los hubiera hecho el peronismo? Hoy el 50% de las calles llevarían mi nombre, pero claro, no soy peronista». La autopercepción no le falla.
La «foto», la «película» y la vida real
El propio Presidente admitió que «la foto» del presente social «no es buena», aunque insistió en que «la película» es «la mejor de la historia». El problema es que esa película, para millones de argentinos, se ve todos los días en la góndola y en el recibo de sueldo.
Mientras Milei prometía potencia mundial, la realidad ofrecía otro guion: el Día de la Industria encontró a las fábricas en plena crisis y con el Gobierno de espaldas; el salario mínimo quedó fijado en 383.800 pesos, muy por debajo de lo que cuesta vivir; y el consumo de lácteos marcó una caída récord, al punto de que una empresa emblema como Mastellone perdió miles de millones en un semestre. Esa es la «foto» que el relato del Sheraton necesita tapar con épica.
Milei pide paciencia y amenaza con el «suicidio» colectivo si no le renuevan el cheque en blanco. Del otro lado del micrófono, buena parte del país ya está pagando la cuenta de un experimento que se niega a mirar lo que pasa fuera del hotel cinco estrellas.

















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