Con las PASO como único acuerdo firme y la unidad como imperativo para enfrentar el ajuste, las distintas tribus del movimiento mueven sus fichas. Pero la definición de fondo depende de una cumbre que todavía no ocurrió.
El peronismo entró en modo 2027 y lo hace con una certeza y una incógnita. La certeza: dividido no le gana a Javier Milei, así que la unidad dejó de ser una consigna para volverse una necesidad de supervivencia. La incógnita: quién encabeza, con qué reglas y bajo qué liderazgo. En el medio, todas las tribus del movimiento acomodan sus piezas sobre un tablero que, admiten puertas adentro, no se termina de ordenar hasta que se produzca la charla que todos esperan. «Nada se va a definir hasta que no hablen Axel y Cristina», resumen en el principal espacio opositor.
La frase condensa el corazón del asunto. La eventual cumbre entre la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner —que sigue cumpliendo prisión domiciliaria y cuya centralidad quedó ratificada en el reciente acto por los cuatro años del atentado en su contra— y el gobernador bonaerense Axel Kicillof funciona como la llave que destraba todo lo demás. Mientras ese encuentro no llegue, cada sector juega su propio partido.
El mapa de las tribus
El reordenamiento tiene varios protagonistas. El kirchnerismo, con La Cámpora conducida por Máximo Kirchner, trabaja para preservar la centralidad de Cristina como figura ordenadora: prueba de ello fue el documento de respaldo a la exmandataria que reunió las firmas de más de veinte espacios, del PJ al Frente Renovador, pasando por sectores del radicalismo, la izquierda y el progresismo.
En paralelo, Kicillof construye su propio armado nacional, el Movimiento Derecho al Futuro, con recorrida territorial y gestos calculados, sin declararse todavía candidato. Su ausencia entre las firmas de aquel documento no pasó inadvertida y expuso la tensión entre quienes buscan sostener el liderazgo de Cristina y quienes empujan una renovación de la conducción. Más suelto, Sergio Massa reaparece en el rol que mejor conoce: el de «profeta de la unidad», tal como operó en 2019. Y alrededor giran los gobernadores del PJ —Ricardo Quintela, Gildo Insfrán— y los jefes parlamentarios, junto a «La Liga» de intendentes bonaerenses, que reclama su lugar como una nueva pata de la mesa.
Las PASO, el único piso común
Si algo unifica a semejante abanico es la defensa de las elecciones primarias. En una cumbre reservada en un hotel porteño, Massa, Máximo Kirchner, Kicillof y varios gobernadores coincidieron en un objetivo: blindar las PASO frente a la ofensiva del Gobierno, que envió al Congreso una reforma electoral para, de mínima, suspenderlas. Para el peronismo, las primarias son mucho más que un tecnicismo: son el mecanismo que permitiría dirimir candidaturas sin romper la unidad, canalizando la interna en las urnas en lugar de en la ruptura.
No es un dato menor que sea Milei quien empuje para eliminarlas. Mientras el oficialismo intenta cerrar la cancha, la oposición se aferra al instrumento que le permite competir junta. La paradoja es elocuente: la herramienta que el Gobierno quiere enterrar es, justamente, la que podría reordenar a su principal adversario.
Las tensiones que no aflojan
La foto de la tregua, sin embargo, no tapa las asperezas. El acercamiento entre Kicillof y Máximo Kirchner fue descripto por propios como «forzado», y las señales de impaciencia abundan. El senador José Mayans, con llegada a los dos lados del mostrador, llegó a pedir públicamente que el gobernador y el jefe de La Cámpora «dejen de romper las pelotas» y se relacionen «como dos personas adultas». Kicillof, por su parte, pidió a los suyos no responder a las críticas por no haberse reunido aún con la expresidenta.
En ese clima empezó a circular incluso una «tercera vía», un nombre de consenso que no sea ni Kicillof ni Massa, con el santiagueño Gerardo Zamora como carta posible. Y sobrevuela una certeza que todos manejan: Cristina «nunca juega a perder», y su jugada electoral sigue siendo una incógnita con enorme poder de fuego.
El saldo, a esta altura del año, es una definición pendiente. El peronismo sabe que la unidad es su único camino para volver a ser gobierno y frenar el modelo del ajuste, pero también sabe que esa unidad todavía no está garantizada. Todo, insisten, se juega en una charla entre dos dirigentes. Hasta que Axel y Cristina no se sienten frente a frente, el tablero seguirá abierto.

















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