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De hincha de Thatcher a malvinero exprés: Milei «descubrió» Malvinas y ahora espera el sí de Trump

En cadena nacional y rodeado de todo su Gabinete, el Presidente anunció sanciones a las petroleras y una base naval en Tierra del Fuego, con herramientas legales que ya existían. Convocó a la «unidad nacional» y cifró la apuesta soberana en que Estados Unidos «reevalúe» su postura.

Hay conversiones que llegan tarde y con dueño. El mismo Javier Milei que hizo de su admiración por Margaret Thatcher una bandera, y que durante años miró con tibieza el reclamo por las Islas, se paró este jueves frente a las cámaras, rodeado por todo su Gabinete, para presentarse como adalid de la soberanía argentina en Malvinas. El giro no fue gratuito ni espontáneo: llegó envuelto en un dato que el propio Presidente celebró como su gran activo, que Estados Unidos, bajo Donald Trump, estaría «reevaluando» su posición histórica sobre el archipiélago.

En un mensaje grabado —al que el asesor Santiago Caputo le dio la mirada final—, Milei arrancó con una frase de manual: «Las Malvinas son argentinas por historia y por derecho, no hay discusión al respecto». Y agregó, en tono de causa común: «Las Malvinas no pertenecen a un gobierno ni a un partido político. Es una causa nacional». La convocatoria a la «unidad nacional» alrededor de las Islas, viniendo de quien viene, despierta ecos incómodos de otras épocas en las que el reclamo se usó como cortina.

Qué anunció (y qué ya existía)

Los anuncios concretos fueron dos. Por un lado, un paquete de sanciones contra las empresas que exploren o exploten petróleo en Malvinas sin autorización argentina: «Procederemos a inhabilitar de operar en territorio argentino a las empresas involucradas, directa o indirectamente, en proyectos en las islas Malvinas sin autorización argentina», dijo. Firmará un decreto para acelerar los procedimientos de la Ley 26.659 —una norma que ya existe— y enviará al Congreso un proyecto para endurecer las penas: las compañías, sus accionistas, directivos y proveedores no podrían operar en el territorio continental y quedarían expuestas incluso a juicios en ausencia.

Por otro lado, anticipó la construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego, para lo cual ampliará por decreto los recursos del Ministerio de Defensa. El disparador, dijo, es el avance del proyecto Sea Lion y de las petroleras Navitas (israelí) y Rockhopper (británica), que amenazan con inaugurar la explotación de crudo en aguas en disputa. «Si hoy no actuamos con firmeza y celeridad, en pocos meses tendrán la capacidad material de apropiarse de las reservas de petróleo que yacen bajo nuestro mar», advirtió.

El detalle que el relato oficial prefiere no subrayar es que buena parte de esas herramientas ya estaban disponibles. La Ley 26.659 rige desde hace más de una década. No hubo, en rigor, un hallazgo jurídico: hubo un Presidente que redescubrió una causa que había mirado de reojo.

Soberanía con permiso de Washington

El corazón político del anuncio no estuvo en Puerto Argentino, sino en Washington. Milei agradeció a Estados Unidos y sostuvo que allí «evalúan el cambio de posición» respecto de Malvinas porque «saben que en la Argentina tienen un socio confiable». Toda la apuesta soberana quedó, así, atada al humor de la Casa Blanca: la Patagonia reclama, pero el semáforo lo maneja Trump.

La contradicción es difícil de disimular. Un Gobierno que entrega soberanía económica todos los días —con un modelo de ajuste, endeudamiento y apertura importadora— se envuelve ahora en la bandera para defender los recursos del Atlántico Sur, siempre y cuando el jefe del Norte dé el visto bueno. La soberanía, para el mileísmo, parece empezar y terminar donde lo permita el alineamiento con Estados Unidos.

Del otro lado, la respuesta británica no se hizo esperar: el secretario de Defensa del Reino Unido, Wes Streeting, salió a repetir que las Islas «son británicas». Nada nuevo bajo el sol del colonialismo.

La película, otra vez, no cierra

Mientras el Presidente descubría su vena malvinera, la realidad seguía su curso: en los barrios se pide prestado para comer, la producción automotriz cae, avanza la privatización de rutas y en Misiones los yerbateros preparan un tractorazo para recibirlo. El contraste entre el discurso patriótico de la cadena y el modelo que gobierna todos los días es, otra vez, demasiado grande para taparlo con una escenografía.

Malvinas es, efectivamente, una causa nacional, sentida y legítima. Precisamente por eso merece algo más que una conversión oportunista con fecha de vencimiento electoral y sello importado. La soberanía no se mendiga: se ejerce. Y no se ejerce esperando que Washington nos dé la bendición.

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