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Cachetada desde Londres: para el Reino Unido, el «show malvinero» de Milei es pura campaña interna

El gobierno británico respondió con la soberbia colonial de siempre —»las Islas son británicas y punto»— pero además desnudó la jugada: dijo que el discurso de Milei «habla más de la política interna argentina que de Malvinas». Los medios ingleses, entre el alarmismo y las burlas por las contradicciones del Presidente.

Milei buscaba una postal de estadista y, del otro lado del Atlántico, le devolvieron una humillación diplomática. La reacción del Reino Unido a la cadena nacional sobre Malvinas fue tan previsible como filosa: Londres reafirmó su vieja arrogancia colonial y, de paso, dejó al Presidente argentino expuesto al leer su discurso como lo que buena parte de la política local ya venía diciendo, una maniobra de consumo interno.

El primero en salir fue el secretario de Defensa, Wes Streeting, con un mensaje en redes que combinó dureza y desdén. «Las Islas son británicas porque sus habitantes eligen ser británicos», escribió, y ratificó que el compromiso del Reino Unido con el archipiélago es «absoluto e inquebrantable». Pero el golpe más certero llegó en la frase siguiente: el discurso de Milei, dijo, «dice más sobre la política interna argentina que sobre las Islas». Traducido: ni el adversario le compró el verso soberanista.

La misma soberbia colonial de siempre

La respuesta fue monolítica. El canciller Ed Miliband calificó de «inquebrantable» la posición británica y volvió a escudarse en «la voluntad abrumadora de los isleños». Desde Downing Street reforzaron el libreto: soberanía británica, derecho de autodeterminación de los habitantes como argumento central y, por si faltaba el costado económico, respaldo expreso a los proyectos de perforación petrolera en la zona. Como dato de época, el vocero se dio el lujo de definir a la Argentina como «nuestro tercer socio comercial más importante de la región», en el mismo comunicado en el que rechaza su reclamo histórico.

El caballito de batalla británico es siempre el mismo: el referéndum de 2013, en el que los habitantes votaron 99,8% por seguir siendo territorio británico de ultramar. Lo que Londres presenta como «autodeterminación», la posición argentina —sostenida por todos los gobiernos— lo lee como lo que es: la consulta a una población implantada por la potencia ocupante desde 1833. Por eso la Argentina no reconoce esa votación. No se le pregunta al que ocupa si quiere seguir ocupando.

«Consumo interno»: hasta los ingleses lo notaron

El dato político más incómodo para la Casa Rosada no es que el Reino Unido diga que las Islas son británicas —eso lo dice desde hace casi dos siglos—, sino que haya diagnosticado, con nombre y apellido, que el discurso era para la tribuna local. La lectura coincide, palabra por palabra, con la de la oposición, que acusó a Milei de intentar «galtierizar» su figura: envolverse en la bandera de Malvinas para tapar el humor social de un modelo de ajuste.

Es el reverso perfecto de la escena. Un presidente que hizo culto de su admiración por Margaret Thatcher —la primera ministra que ordenó hundir el Crucero General Belgrano— reconvertido de un día para el otro en abanderado de la causa. La contradicción es tan grande que ni los propios británicos necesitaron esforzarse para señalarla.

La prensa inglesa, entre el sensacionalismo y la burla

La cobertura mediática completó el cuadro. Los grandes diarios británicos oscilaron entre el alarmismo —titulares que hablaron de «ultimátum» y de un Milei que «amenaza con recuperar» las Islas— y la ironía por las incoherencias del libertario. En el mismo movimiento, varios medios aprovecharon para pegarle al primer ministro laborista, en clave de interna británica. Malvinas, otra vez, usada como munición de política doméstica; solo que esta vez, de los dos lados del océano.

El saldo es elocuente. La soberanía sobre Malvinas es una causa nacional, sentida y legítima, que ningún argentino debería resignar. Precisamente por eso duele verla convertida en fuegos artificiales para las redes: porque cuando la bandera se agita para la foto, el que gana es siempre el que ocupa. Y Londres, cómodo, contestó lo de siempre, mientras la explotación petrolera avanza y las Islas siguen bajo bota colonial.

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